Chiapas: la guerra y la paz

Tomado de jornada
Raúl Romero*

El pasado 8 de noviembre, alrededor de las 15:30 horas, Félix Hernández López –base de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)– regresaba a su casa cuando fue atacado por 20 paramilitares pertenecientes a la Organización Regional de Caficultores de Ocosingo (Orcao). Félix fue golpeado y secuestrado. Durante varios días permaneció encerrado, amarrado, sin agua ni alimentos. Todo esto lo denunció la Junta de Buen Gobierno «Nuevo amanecer en resistencia y rebeldía por la vida y la humanidad», del Caracol Floreciendo la semilla rebelde, Patria Nueva; en la Chiapas Zapatista (https://bit.ly/2ItOU6V).

Esta agresión está inscrita en un contexto de intensificación de la guerra contra el EZLN, una guerra que en sus distintas modalidades no ha cesado desde 1994. En mayo de 2019, el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas presentó un informe en el que documentó que desde finales de 2018 el Estado mexicano incrementó la militarización en territorios de bases de apoyo del EZLN, esto «como parte de la continuación de la estrategia contrainsurgente para erosionar proyectos de autonomía en Chiapas» (https://bit.ly/32MGgqK).

En el caso de las comunidades autónomas zapatistas Nuevo San Gregorio y Región Moisés Gandhi, las agresiones por parte de los paramilitares de Orcao han ido en ascenso desde abril de 2019. Así se detalló en el Informe de la Caravana de Solidaridad y Documentación” presentado el pasado 11 de noviembre (https://bit.ly/332aDdd). Entre las formas de violencia directa que esta misión civil detectó están: invasión de tierras, destrucción de cosechas, de viviendas, de cooperativas, de comedores y de infraestructura eléctrica y de suministro de agua; balaceras, robos, violentar el derecho al acceso al agua, privar de alimentos a la población, difamación, calumnia y desinformación; violencias hacia los cuerpos-territorios de las mujeres, etcétera. Sólo para la región de Moisés Gandhi, los daños cuantificables ascienden a un monto de un millón 456 mil 21 pesos.

En esta intensificación de la fase militar de la guerra, los grupos paramilitares vuelven a tomar un rol protagónico. Figuran ahí grupos como la propia Orcao, los Chinchulines, Paz y Justicia y otros que, al igual que la clase política, aprendieron a cambiar de camisa para mantener las prebendas que obtuvieron como mercenarios. Estos grupos actúan con protección y financiamiento de administraciones locales, estatales y federales; de caciques, terratenientes y empresarios que tienen intereses en la región. No olvidemos tampoco que, muchos de estos grupos fueron fundados, entrenados y financiados por el propio Ejército Mexicano. Los paramilitares son la mano informal del Estado que lanza la piedra. Sus ataques son la provocación para algo mayor: seguir desplegando la guerra neoliberal, esa que destruye pueblos y comunidades para la conquista y reorganización de territorios. Con la guerra el capital gana, genera ganancias, abre mercados, elimina desechables.

El EZLN es el referente político e ideológico de izquierda anticapitalista, nacional e internacional; más relevante actualmente. Es también, en México, un nodo que articula a pueblos originarios, movimientos de mujeres, intelectuales, artistas y a diferentes organizaciones de la izquierda crítica que no se han alineado con la actual administración. Además, es, y esto no debe olvidarse, la fuerza político-militar con mayor peso en el país y quizá de América Latina.

«Nuestro ejército es un ejército muy otro porque lo que se está proponiendo es dejar de ser ejército», le dijo el finado Subcomandante Marcos a García Márquez y Roberto Pombo en marzo de 2001. Un ejército muy otro que desde 1994 apostó por la paz y por la vida. Es un ejército que recuperó tierras para que volvieran a ser de quien las trabaja, construyó viviendas para que todos y todas tuvieran un techo donde dormir; edificó hospitales, clínicas y microclínicas para que nadie más muriera de enfermedades curables, levantó cooperativas para fortalecer su carácter autogestivo y montó escuelas y centros culturales para que las ciencias y las artes se convirtieran en semillas del mundo nuevo.

Anclado en los saberes y costumbres de los originarios, pero adoptando también lo que del mundo moderno les es útil y necesario, el proyecto emancipatorio zapatista tomó un giro importante en 2003 con la fundación de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno. De esa forma el Ejército Zapatista de Liberación Nacional entregó al poder civil, es decir, a sus bases de apoyo, la totalidad del gobierno. Pero el EZLN siguió cumpliendo otro rol fundamental: el de la defensa de estos pueblos, el de ser «el Votán-Zapata, el guardián y corazón del pueblo».

Las recientes agresiones contra los y las zapatistas no son conflictos intercomunitarios o agrarios como el gobierno federal los quiere presentar. Son apenas la punta de lanza de un conflicto socioambiental y territorial que se vislumbra mayor y que los zapatistas vienen advirtiendo desde 2018. Ojalá, como en 1994, la sociedad vuelva a estar de lado de la paz y de los pueblos. En la guerra, el capital siempre gana.

*Sociólogo

Twitter: @RaúlRomero_mx